Sin duda el Carnaval es el símbolo y casi el sinónimo de Libertad, con mayúsculas. Y es que no me refiero a la libertad en el concepto de hacer cada uno lo que desee sino a la libertad interior, a esa que se siente al saberse querido y valorado por los demás. Quizás, aquel que no conoce el Carnaval de Cádiz o ha escuchado hablar de él sólo de oídas puede tener la idea de que es una fiesta en la que uno se divierte, bebe, se disfraza y escucha a las chirigotas.
Sí, todos los calificativos anteriores son correctos. Pero, hoy, no nos vamos a detener en ellos sino que vamos a destacar uno de los aspectos más olvidados y arrinconados de esta celebración: el compromiso social. El Carnaval es la fiesta de la gente de a pie, en ella los más desfavorecidos tienen voto y, sobre todo, mucha voz. Los compositores de las agrupaciones intentan que parte de su repertorio se base en la sinceridad, lo social y, aunque a veces sea duro, en lo real.
Pocos se detienen a escuchar la letra de un pasodoble, obviando que en él pueda haber algo de verdad o trascendencia. Nada más lejos de la realidad. A modo de crónica periodística o diario personal, sus letras suponen una válvula de escape para el oprimido y un espejo en el que gran parte de la sociedad, muy a su pesar, se ve reflejado. La franqueza y la honradez con la que están escritos y cantados hacen del pasodoble un icono de la grandeza de Don Carnal.
Al que tiene la boca chica se la abre, al que presume de lengua larga lo rebate, al que siente los oídos sucios se los enjabona, se los lava e, incluso, se los seca y al que presume de manos largas, a ese, se las corta. Triste observo que, hoy en día, aún abundan muchos de estos últimos, los de las manos largas. Desgraciados sin nombre; bastardos sin alma que se toparon con una reina a la que jamás supieron valorar y a la que convirtieron en su esclava.
72, 62, 68, cifras. Eso son ellas ahora mismo, números para calcular estadísticas y elaborar gráficas. Guardadas en un archivo y formando parte de un dossier porque un día su pareja decidió poner fin a sus vidas. La violencia de género está presente hoy en día como una de las peores lacras de nuestro país y como muestra de lo mísero que puede llegar a ser el ser humano. Paseando por la Web me he topado con los números anteriores. Son las mujeres que en 2004, 2005 y 2006, respectivamente, perdieron la vida a manos de los hombres en los que confiaron ciegamente y por los que aguantaron lo inaguantable.
La última, hace sólo dos días. En lo que va de año 25 mujeres han muerto asesinadas por sus parejas. La fiesta grande de Cádiz guarda un trozo de su ser para, a modo de homenaje, recordar estas víctimas que injustamente ya se fueron. Existen, además, numerosos pasodobles que pretenden convertirse en un soplo de esperanza y de valentía para todas aquellas que sufren las torturas de los monstruos que tienen a su lado. El Carnaval también grita: ¡Escapad del infierno! ¡Salir del maltrato es posible!
Muy pocos carnavaleros olvidarán aquel mítico pasodoble que Martínez Ares compuso en 1998 y que puso en pie a todo el patio de butacas del Gran Teatro Falla. “Con permiso buenas tardes” era su título e interpretado con maestría por “Los Piratas” ha pasado a la historia del carnaval reciente como uno de los pasodobles más grandes que se haya cantado en una Gran Final.
Sensibilidad o lástima, llámalo como quieras pero cuando lo escuché por primera vez no pude evitar que dos lágrimas cayeran desde mis ojos y recorrieran mi cara. Aún hoy, que ya me lo sé de memoria, un escalofrío recorre mi cuerpo cada vez que los bucaneros le dan sentido con sus admirables voces a los versos que componen esta obra de arte.
Con permiso buenas tardes, vengo pa que me detenga.
Que cansá, voy a sentarme
pues verá voy a explicarle la historia de un sinvergüenza.
Lo quería con locura, toa mi vida se la di,
pero el sólo buscaba una criada, una esclava,
una mujer para parir.
Siempre decía que tenía una querida, una duquesa para él.
Que le gustaba llegar por la madrugada
pa tenernos a su merced.
Y lo he matao, a mi Juan yo lo he matao
por haberme maltratao, por sentirme una perra,
por hacerme una vieja con cuarenta y pocos años.
Y lo he matao, a mi Juan yo lo he matao
y en mi alcoba lo he dejao con mi llanto en sus labios.
Justicia no pido yo, que conmigo no la ha habido.
¿Quién me paga este dolor y la pena de mis hijos?
Así que ya sabe usted, haga lo que haya que hacer.
¡Póngame una soga al cuello, porque por primera vez,
no tengo, no tengo miedo!
Sin que sirva de precedente, la historia de esta mujer es tan real y está tan presente en la sociedad que da miedo e incluso vértigo aceptar su crudeza. Harta de aguantar, un día perdió los nervios y acabó por condenar su vida que ya no podía ser más desgraciada. Cegada por el dolor fue la odiosa venganza el camino que eligió, sin darse cuenta de que había muchas otras direcciones para llegar a la salida.
Ojalá llegue un día en el que la violencia de género no tenga cabida en los archivos policiales. Ojalá siempre fuese Carnaval para que el arlequín gigante nunca se bajese de los zancos y ahogara nuestras vidas con sus infinitos papelillos de la felicidad.
Si quieres ver el vídeo del pasodoble...
La única forma de escuchar el pasodoble a través de internet es de la siguiente manera: Entra en www.carnavaldegades.com. En la columna de la izquierda pincha sobre vídeos, una vez dentro busca el año 1998 y accede al vídeo de "Los Piratas". Espera a que se cargue y en el minuto 7:38 comienza el pasadoble "Con permiso buenas tardes". ¡Qué lo disfrutes!